Art Machine III: la máquina de arte que prendió en el Centro

Por: Fiorella Terrazas

Hacía calor, no te voy a mentir. Ese calor limeño que se te pega a la espalda y te hace buscar sombra como gato. Pero nos mantuvimos en Cooperro, en pleno Centro de Lima, el 26 y 27 de setiembre, porque la máquina había que prenderla. Y el espacio puso las cervezas frías.

Cuando prendió

Las luces cambiaron el lugar, lo volvieron cápsula, nave, cueva de neón. Las chelitas fueron circulando, como pasan siempre las cosas buenas: de mano en mano, sin que nadie las pida, sino que las manifiestas. Y el cariño de los patas, de los que no veías hace meses y de pronto estaban ahí, abrazándote en la puerta, hizo el resto. El calor quedó en la calle. Adentro había otro clima, uno que no sale en el pronóstico.

Porque el Centro no es cualquier sitio, causa. Ahí hay siglos encima: balcones, plazas, marchas, procesiones, ferias, gente que lleva años gritando cosas. Meter videopoesía en ese lugar es medio contradictorio y medio justo. Lo digital, lo punk, lo experimental, al lado de edificios construidos hace muchísimo tiempo, acompañados de otros hechos de adobe. Pero funciona, porque la poesía siempre ha sido hablar con los que ya se fueron y con los que todavía no llegan. Esa noche la conversación se sentía cerquita. Todo el evento tenía un mil de aura, y no lo digo de chamullo.

Vinieron todos. Todos los artistas, todos los feriantes. Parece poco, pero cuando haces las cosas autogestionadas, sin padrino ni auspicio, que la gente aparezca es casi un milagro. Es la prueba de que la convocatoria no cayó en saco roto. Las mesas se llenaron de libros, fanzines, collage, prints, stickers, mucha tinta, cosas hechas con las manos y con todo el cuerpo. Nada de producción en serie. Cada mesa era un mundo apretado en un metro de tabla.

Y las pantallas, claro. Porque el corazón del festival es ese: la palabra que se vuelve luz, la imagen que dice lo que el verso solo no alcanza. El primer día se proyectaron los videopoemas ganadores, y la sala se quedó en ese silencio rico de cuando todos miran en serio. Después aplausos, comentarios, miradas de «¿viste eso?». El segundo día tocó a los artistas invitados, con búsquedas más largas, con dialectos diferentes, con conceptos propios de su cultura local. Fue como leer dos estrofas del mismo poema: una que descubre y otra que profundiza.

Fotos: Clery Francesca Rodríguez

Si me pongo un poquito seria, lo que pasó ahí es que la tecnología dejó de ser frialdad y se volvió cuerpo, ternura, barrio. Los píxeles también pueden ser lírica. Y hay algo político en eso, sin gritarlo: juntarnos a crear lo que nadie nos iba a dar, desde los márgenes y a nuestro modo, ya es una forma de decir acá estamos.

El evento salió espectacular, y no es el cariño hablando. Hubo gente atenta, arte por todos lados, tiempo para conversar, ganas de volver. Las fotos ya circulan y los recuerdos ya se quedaron pegados en el cuerpo.

Salimos de Cooperro con los pies cansados, los corazones felices y la cabeza llena de ansiedad. Afuera, el Centro seguía con sus siglos, tranquilo, generoso. Y nosotros ya pensando en la próxima, porque la máquina no se apaga.


Deja un comentario